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Fiesta.

Sus nalgas son una sonrisa eterna, una pantera que descansa. Suben y bajan mientras sus piernas de muslos tiernos, muslos-nido, las sostienen mientras caminan sabiendo que ser pilares de aquéllas es más importante que ser piernas de un cuerpo entero. Dos carnes que no redondas o macizas, que sí colgantes, bravas y precisas se mecen cuando la mujer voltea la cara, se ata el cabello, dobla una esquina… nalgas-mesa cuando se dobla ella misma. Son un arroyo, un corcel, la carretera. Sus nalgas navegan los mundos de un sólo mundo, del sillón, de la banqueta. La banqueta que lo único que la contenta son esos dos universos blandos que la pueblan sin darse cuenta, sabiendo nada pero logrando todo. Nalgas de mujer imperfecta y así mujer, que la enmarcan y la vuelcan sobre sí misma para que quien las mire, asista a una fiesta. 

Robé un castillo. No un reino.

Anoche robé un castillo. Pequeño, me cupo en las manos, y lo escondí entre mi vientre cómplice y mi blusa abotonada milagrosamente. Robé un castillo tomando al castillo como botín de guerra y no sus tesoros. La corte entera me ha de haber visto gigantesca, apocalíptica. Pero yo no los vi. Sus vidillas no me fueron importantes. Ah, pero las torres, las torres de ese castillo. Eso era importante. Lo vi tan abandonado y tan brillando al mismo tiempo, que tuve que tomarlo. No me culpen, ustedes nunca han robado un castillo. Por un momento pensé que lo había parido, pero de inmediato recordé que no. Haberlo parido habría sido espeluznante. 

Vengo.

Vengo como a una bodega en que he dejado cosas viejas que podría necesitar algún día. Vengo a abrir las cajas selladísimas pero no tanto que no se puedan desellar con un cuchillo, o estas palabras y un click en “Create post”. Vengo y entro, silenciosamente, porque da miedo que se me caiga el techo encima, o el suelo de mis pies y termine yo siendo la antigüedad encontrada por acá. Aunque, ¿quién me asegura que no lo soy?

Guía de las esposas que somos cool (y no tanto) para hacer el “super”, y sobrevivir con dignidad.

Siga estos pasos. Omita todo si tiene cólico (en ese caso, no vaya al super. Ni a ningún lado. Duerma).

1. Dése cuenta de que ya solamente hay cerveza y limones en el refrigerador.

2. Acéptelo: debe ir al super (ya no vive sola). Trate de verlo como una gran aventura al mundo de lo que la mantiene alimentada y limpia, básicamente.

3. Haga una lista de lo que cree que comen usted y su esposo (de eso raramente estamos seguras, lo sé). Ayuda el intentar recordar qué compraba su mamá cuando vivía con ella. Incluya también lo que falta en el baño (eso no está TAN difícil).

4. Suba a su auto. O al taxi, como guste o como pueda. La idea es llegar al super. Llegue y bájese (sí, es necesario).

5. Enchúfese el iPod, iPhone, telefonito móvil con mp3, Walkman, sea cual sea el caso. Si no tiene nada de esto, seguramente es porque no lo necesita, y quizá tampoco esta guía (porque usted sí sabe concentrarse en otras cosas del hogar), así que pare de leer (y de sufrir). De lo contrario, continúe por favor. Si no ha preparado una lista musical apropiada para la ocasión, escuche lo que traiga y ya. Después podrá hacer una basada en la experiencia.

6. Escoja un carrito. Debe estar consciente de que, HAGA LO QUE HAGA, sea cual sea su estrategia, SIEMPRE terminará escogiendo el de la ruedita chueca y/o el que se va de lado. Acéptelo, respire hondo y continúe. (Véalo como una oportunidad de ejercitar los brazos y la cintura).

7. Salude al guardia de la entrada. Hágale sentir que trae el dinero suficiente (o sea, si lo trae) y que no robará nada.

8. Iba a decirle algún patrón a seguir para recorrer cada pasillo, cuál primero, cuál en medio, y así, pero eso ya no está dentro de mis competencias.

9. Baile. Pos qué. Todos la verán feo, pero qué importa. O sea, es el SUPER. Y usted se divertirá. Además el carrito hará su parte, menéandola (a usted) de un lado a otro al tratar de controlarlo.

10. Cante. Pos qué. (Inserte aquí comillas que indican que este párrafo continúa igual que el anterior).

11. Si duda sobre si el melón estará bueno, no se confíe: NADIE sabrá decirle si lo está o no. Ni las viejitas que de seguro encontrará a su lado. Así que escójalo según la rola que escuche en el momento.

12. No acepte invitaciones ni propuestas indecorosas de señores que le saquen plática con la típica frase: “¿Cuál será el mejor papel de baño, señorita?”.

13. Camine por los pasillos como si anduviera en la pasarela. O no. Esto es opcional. O no.

14. Cuando vaya por el jamón, quítese los audífonos. Luego una pide de pechuga de pavo y le dan salchichón CHIMEX. O al revés, como sea. Y el pretexto que le ponen es siempre el mismo: “Le dije, señora, pero usted no me oyó”. Y lo más seguro es que sea cierto. (Sí, las del jamón siempre la llamarán “señora”. No pretenden obtener nada de usted).

15. Sonríale al viejito que compra su mandado solito. Luego puede salirle con cada historia chida que a usted no le servirá de nada, pero a él lo habrá hecho feliz.

16. Cuando llegue a las cajas, esté segura de que la suya irá más lenta que las demás. La señora de enfrente trae como 2,534 vales de despensa de $1 peso cada uno, y estará contándolos hasta juntar los $1,211.97 pesos que le costó su mandado. O algo así. No se cambie de fila: en lo que lo haga, la nueva se pondrá lenta también. Además, considere que quizá, el día de mañana, la de los vales de despensa sea usted (o ya lo es). Así que sea paciente. En el super, siempre estamos todos en igualdad de circunstancias.

17. Tenga en mente que los cerillitos SÍ ESTÁN TRABAJANDO. Déles propina.

18. Salga de ahí con la cabeza en alto y… pues nomás. Mínimo eso, digo.

19. Haga caso omiso de todo lo que guste en esta guía. Ir al super es una experiencia individual y única, y yo sólo quiero quejarme, y al mismo tiempo ayudar. Eso.

20. Casi lo olvido: si compró huevos, no vaya a olvidar en dónde los dejó. Luego se le revientan.

Hay algo.

Hay algo de fantástico en esto de existir. Mira, unas piernas. Por allá, una cintura, un fémur. Ni qué decir de las cejas. Cerca, unos ojos que se cierran golpeados por la luz; que se abren cuando la oscuridad los acaricia, horrorizados. En aquella esquina, la sonrisa se esconde. Mira.

Hay algo ridículo en esto de existir.

Los imposibles.

Un par de imposibles pasaron frente a mi puerta, arrastrándose, ensangrentados y débiles, pero furiosos. Supervivientes. Habían sido linchados, apaleados. Los habían perseguido por años. Vi cómo traían atados los pies y las manos mutiladas. Sus espaldas abiertas, en pedazos, colgando sus carnes casi descompuestas. La muchedumbre los pasó de mano en pie, les escupió, los maldijo mil veces. En un momento de euforia y distracción masiva, los imposibles escaparon. Y los vi. Supe que no durarían mucho, así que los recogí y los metí a casa. A la gente no le gustan los imposibles. Ahora yo tengo dos. 

Anillo de compromiso.

Anillo de compromiso.

Las cortinas.

Una debería poner más atención a lo que hacen las cortinas de su casa, lo que sucede dentro de ellas. Quién sabe cuántos fantasmas no estarán ahí, en sus entrañas, agazapados para salir en cualquier momento. O cuántos niños se quedaron detrás de ellas, al jugar a las escondidas, y no se dieron cuenta de que jamás fueron encontrados. ¿Qué tal si, de pronto, todas esas sombras que se reflejan en ellas, cobran vida, y surgen de entre los hilos de tela, convertidas en monstruos, en gnomos, en árboles andantes y malignos, que vienen a devorarnos? Un problema, las cortinas. Tan quietas a veces, tan desalmadamente turbias, en otras. Unas blancas, otras de colores, otras completamente oscuras. Todas conspirando con la ventana que cubren para, en segundos, caer sobre nosotros. Yo digo que hay que tener cuidado. Las cortinas parecen inofensivas, pero nada que detenga la luz del sol y frene, aunque sea un poco, la fuerza con la que golpea el viento, puede ser de fiar. ¿Ya revisaron las suyas?